La última semana se ha caracterizado
por dos elecciones cuyos resultados, aunque
esperados, representan profundos cambios
políticos. El primero ha sido la elección de
Sebastián Piñera como el próximo presidente de
Chile. En Chile no encontramos un típico
enfrentamiento entre las tradicionales
izquierdas y derechas. En primer lugar, porque
esas tradicionales izquierdas y derechas están
desapareciendo. Impulsado en gran medida por los
resultados prácticos de la revolución cubana,
una izquierda latinoamericana anticapitalista se
ha ido transformando en una izquierda
procapitalista. No es de extrañar. El ejemplo de
Cuba permite identificar el comunismo con la
miseria. La izquierda tiene que aceptar que ese
modelo ha sido ásperamente rechazado dondequiera
que la gente ha podido manifestar su opinión. La
mayoría no simpatiza con el igualitarismo. El
igualitarismo sólo puede ser impuesto por la
fuerza y, a largo plazo, sólo por un gobierno
totalitario cuyos funcionarios, no casualmente,
formen uno de los estratos más privilegiados que
hayan existido en la historia.
Aunque de mala gana, la nueva izquierda
reconoce que sólo el capitalismo, un capitalismo
moderno, puede desarrollar y enriquecer nuestras
sociedades. Se concentra por eso en buscar
medidas que alivien los problemas que este
desarrollo ocasiona en las vidas de los
trabajadores. Esos problemas no son nuevos. Es
pertinente recordar que la llegada del automóvil
produjo la quiebra de la milenaria industria
caballar. Súbitamente, desde los herreros hasta
los constructores de coches se vieron
desempleados. Tiene que haber sido una enorme
tragedia nacional. La hemos olvidado, no porque
haya sido inconsecuente, sino porque inició un
período extraordinariamente más próspero.
Todas nuestras futuras discusiones políticas
van a girar en torno a la medida, en que esas
medidas --con cuya generosidad simpatiza todo el
mundo-- van a afectar el enriquecimiento de
nuestra sociedad a largo plazo. Llevadas a un
terreno familiar plantean varias interrogantes.
¿Debemos ahorrar, hacer inversiones en el futuro
o gastar en placeres actuales? Uno sólo vive una
vez. No son decisiones fáciles. La presencia de
un Hugo Chávez en el continente parecería
rebatir esto pero, en realidad, sólo lo confirma.
¿Cómo es posible que Venezuela esté en una
crisis económica? El ejemplo de Cuba es elogiado,
aunque no seguido, por muchas razones. Es como
elogiar a los faraones que construyeron las
pirámides. La diferencia, por supuesto, es que
Fidel Castro deja muchos sufrimientos pero
ningún monumento significativo.
Se elogia a Fidel Castro porque ha sido un
enemigo irreductible de Estados Unidos, el país
más desarrollado del mundo. Y eso es popular, en
un continente profundamente frustrado, cuya
vasta clase media necesita explicaciones por su
permanente subdesarrollo. Las explicaciones
marxistas, aunque la experiencia demuestre que
son falsas, mantienen un superficial atractivo.
Infortunadamente, la mayoría de los
intelectuales de América Latina casi nunca
cuestionan esos argumentos fallidos y, muy por
el contrario, tratan de reforzarlos. Nuestro
subdesarrollo es un fenómeno complejo pero, por
extraño que parezca, en gran medida es
responsabilidad de nuestros intelectuales. Desde
hace mucho tiempo, su furioso antiamericanismo,
y por consiguiente, su anticapitalismo, ha sido
un gran obstáculo para un crecimiento encabezado
por la empresa privada, el único desarrollo
realmente posible.
América Latina nunca parece poder acercarse a
los ritmos de desarrollo alcanzados por muchos
países asiáticos. La izquierda mexicana paraliza
todos los esfuerzos para acelerar el crecimiento.
Perú ha hecho un esfuerzo admirable en los
últimos años pero, sin embargo, Colombia, que ha
derrotado a los revolucionarios castristas en el
campo de batalla, ha mantenido una política
económica izquierdista y fallida.
Piñera ha prometido un crecimiento del 6%
anual durante su mandato. Debía ser una meta
alcanzable. El gobierno peruano, bajo feroz
ataque interno, es el único país de gran tamaño
que ha crecido a más del 4% este año. (Es,
precisamente por eso, que es el principal
enemigo de la izquierda). Piñera sabe todo esto.
Se ha referido a un estudio del Banco Mundial
que indica que fundar un negocio en Chile demora
27 días y cuesta $1,100 mientras que en Nueva
Zelanda se demora un día y sólo cuesta una
fracción de ese precio. Obviamente, nada más
importante, Esos pequeños negocios son los
grandes empleadores. La forma de disminuir el
desempleo no es ningún enigma: consiste en
estimular los pequeños negocios bajándoles los
impuestos y disminuyendo sus regulaciones.
Piñera lo sabe pero se enfrenta a un Congreso
dominado por una izquierda dispuesta a mantener
empresas fallidas y en bancarrota a costa del
dinero de los electores. Es muy lamentable tener
que despedir trabajadores pero ¿acaso es mejor
mantener una empresa en quiebra a costa de los
contribuyentes?
Piñera ha dicho que la mala administración de
las empresas estatales que manejan el transporte,
la energía y la explotación del cobre ha
malgastado $4,000 millones. ¿Podrá cambiar esa
situación e imponerse a un Congreso izquierdista?
La revolucionaria elección de Massachusetts nos
dice que es posible. Más sobre esas formidables
elecciones en una próxima columna.
riveroc@neoliberalismo.com
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Publicado el sábado, 01.23.10