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                                             Filipo el Arabe

 
Por Vicente Echerri 
 



Si las encuestas de opinión son de fiar, el próximo 20 de enero al mediodía bien que podríamos oír: ''I, Barack Hussein Obama, solemnly swear...'' y esos solos nombres, advenidos de los hondos traspatios del tercer mundo con un inconfundible tufo de barbarie, que el presidente electo habría de repetir con su mano en la Biblia, constituyen, en mi opinión, el signo de una escandalosa transformación, acaso la más grande que haya podido darse en este país desde que se fundara. Casi no tengo que decir que esa transformación no me entusiasma.

Nunca antes, en la historia de Estados Unidos, el arribismo facilista y la ''cultura'' del glamour han conspirado tan descaradamente para fabricarnos a un candidato presidencial y su inevitabilidad. Esto, desde luego, es sólo parte de la culpa; la otra es de una sociedad donde este fenómeno de improvisación parece adecuarse perfectamente a los criterios de ligereza y de frivolidad que permean toda la realidad.

Obama es un chiste que pertenece más al ámbito de un programa de entretenimiento como American Idol que al terreno de la política donde ahora compite con ventaja por la silla más poderosa del mundo. Si alguien duda de la crisis de esta nación --y de Occidente-- la presencia de Obama en la boleta electoral puede certificarlo. Su elección sólo serviría para reafirmar el diagnóstico.

El que Obama sea negro (mulato, más bien, si vamos a ser precisos) es, de todos sus rasgos exóticos, el que menos importa, aunque mucho puedan tenerlo en cuenta los racistas inconfesos que aún andan por ahí. Los negros, aunque emigrantes forzados, son de los americanos más antiguos, cuya contribución a la cultura de este país sería absurdo negar. Asimilados más que la mayoría de los inmigrantes no anglosajones, la discriminación racial perpetró contra ellos una mayor injusticia por cuanto sólo el color de su piel --y su música ciertamente-- los diferenciaba del resto de los norteamericanos. A diferencia de los negros de Cuba o de Brasil, no creían en deidades africanas ni practicaban el animismo ni la magia; eran en su mayoría protestantes y fundamentalistas. Que uno de ellos llegara a la Casa Blanca podría verse como una prueba de que el país superaba sus terribles prejuicios.

Pero sucede que Obama no es un negro americano. Lo americano lo tiene por su madre blanca; pero la negritud le llega directamente de Africa, del padre negro y musulmán que le puso esos nombres ajenos a la tradición cristiana; gracias a quien asistió a una escuela islámica en Indonesia para terminar luego, en Estados Unidos, de feligrés de una secta cristiana marginal a cuyo pastor, amigo y mentor le escuchó devotamente un perenne mensaje de odio contra esta nación y el papel que ésta representa en el mundo. El que alguien con estos antecedentes --gracias a un discurso afortunado en la Convención Demócrata hace cuatro años y a una brevísima carrera en el Senado-- haya tenido la audacia de aspirar a la primera magistratura del Estado y esté a un paso de conseguirla sirve para ilustrar el nivel de superficialidad a que ha descendido la política en Estados Unidos. Si algo revela la decadencia norteamericana es que este ciudadano tan atípico e igualmente inexperto se nos ofrezca como la salvación.

Las simetrías que tantas veces han querido establecerse entre Estados Unidos y la antigua Roma me hacen acordar ahora de Filipo el Arabe, presunto hijo de un jeque beduino que se sentó en el trono de los césares durante cinco años (244-249) y cuyo reinado es visto por algunos historiadores como el punto más bajo a que llegara el Imperio romano en su larga crisis del siglo III antes de que volviera a levantarse en los gobiernos de Aureliano y Diocleciano.

Quedan aún esperanzas de que este enfático predicador pasado por Harvard no salga electo el próximo 4 de noviembre, porque los votantes sean más sabios que las encuestas y mejor intencionados hacia su país que la prensa y que los figurones de Hollywood, y se persuadan que las elecciones presidenciales no equivalen a un certamen de simpatías.

©Echerri 2008


ElNuevoHerald.com                                                                               Publicado el jueves 09 de octubre de 2008

 

 

 

   

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