Si las encuestas de opinión son de fiar, el próximo 20 de enero
al mediodía bien que podríamos oír: ''I, Barack Hussein Obama,
solemnly swear...'' y esos solos nombres, advenidos de los
hondos traspatios del tercer mundo con un inconfundible tufo de
barbarie, que el presidente electo habría de repetir con su mano
en la Biblia, constituyen, en mi opinión, el signo de una
escandalosa transformación, acaso la más grande que haya podido
darse en este país desde que se fundara. Casi no tengo que decir
que esa transformación no me entusiasma.
Nunca antes, en la historia de Estados Unidos, el arribismo
facilista y la ''cultura'' del glamour han conspirado tan
descaradamente para fabricarnos a un candidato presidencial y su
inevitabilidad. Esto, desde luego, es sólo parte de la culpa; la
otra es de una sociedad donde este fenómeno de improvisación
parece adecuarse perfectamente a los criterios de ligereza y de
frivolidad que permean toda la realidad.
Obama es un chiste que pertenece más al ámbito de un programa de
entretenimiento como American Idol que al terreno de la política
donde ahora compite con ventaja por la silla más poderosa del
mundo. Si alguien duda de la crisis de esta nación --y de
Occidente-- la presencia de Obama en la boleta electoral puede
certificarlo. Su elección sólo serviría para reafirmar el
diagnóstico.
El que Obama sea negro (mulato, más bien, si vamos a ser
precisos) es, de todos sus rasgos exóticos, el que menos importa,
aunque mucho puedan tenerlo en cuenta los racistas inconfesos
que aún andan por ahí. Los negros, aunque emigrantes forzados,
son de los americanos más antiguos, cuya contribución a la
cultura de este país sería absurdo negar. Asimilados más que la
mayoría de los inmigrantes no anglosajones, la discriminación
racial perpetró contra ellos una mayor injusticia por cuanto
sólo el color de su piel --y su música ciertamente-- los
diferenciaba del resto de los norteamericanos. A diferencia de
los negros de Cuba o de Brasil, no creían en deidades africanas
ni practicaban el animismo ni la magia; eran en su mayoría
protestantes y fundamentalistas. Que uno de ellos llegara a la
Casa Blanca podría verse como una prueba de que el país superaba
sus terribles prejuicios.
Pero sucede que Obama no es un negro americano. Lo americano lo
tiene por su madre blanca; pero la negritud le llega
directamente de Africa, del padre negro y musulmán que le puso
esos nombres ajenos a la tradición cristiana; gracias a quien
asistió a una escuela islámica en Indonesia para terminar luego,
en Estados Unidos, de feligrés de una secta cristiana marginal a
cuyo pastor, amigo y mentor le escuchó devotamente un perenne
mensaje de odio contra esta nación y el papel que ésta
representa en el mundo. El que alguien con estos antecedentes
--gracias a un discurso afortunado en la Convención Demócrata
hace cuatro años y a una brevísima carrera en el Senado-- haya
tenido la audacia de aspirar a la primera magistratura del
Estado y esté a un paso de conseguirla sirve para ilustrar el
nivel de superficialidad a que ha descendido la política en
Estados Unidos. Si algo revela la decadencia norteamericana es
que este ciudadano tan atípico e igualmente inexperto se nos
ofrezca como la salvación.
Las simetrías que tantas veces han querido establecerse entre
Estados Unidos y la antigua Roma me hacen acordar ahora de
Filipo el Arabe, presunto hijo de un jeque beduino que se sentó
en el trono de los césares durante cinco años (244-249) y cuyo
reinado es visto por algunos historiadores como el punto más
bajo a que llegara el Imperio romano en su larga crisis del
siglo III antes de que volviera a levantarse en los gobiernos de
Aureliano y Diocleciano.
Quedan aún esperanzas de que este enfático predicador pasado por
Harvard no salga electo el próximo 4 de noviembre, porque los
votantes sean más sabios que las encuestas y mejor intencionados
hacia su país que la prensa y que los figurones de Hollywood, y
se persuadan que las elecciones presidenciales no equivalen a un
certamen de simpatías.
©Echerri 2008
ElNuevoHerald.com
Publicado el jueves 09 de octubre de 2008
