Recientemente
piratas informáticos (hackers)
interceptaron y publicaron alrededor de 3,000
e-mails de la Climate Research Unit (CRU) de
la Universidad de East Anglia, intercambiados
entre varios importantes climatólogos. Los
científicos se llamaban entre ellos a presentar
una posición ``unificada'' sobre la teoría del
cambio climático originado por el hombre, y se
aconsejaban sobre cómo alterar u ocultar la
información que contradijera su hipótesis, cómo
mantener las opiniones divergentes fuera de las
principales revistas científicas y cómo ``ocultar
la disminución'' de la temperatura en ciertas
informaciones. El escándalo, por supuesto, ha
sido fenomenal. Nada más radicalmente alejado
del espíritu científico. Uno se pregunta: ¿cómo
es posible? Infortunadamente hay que llegar a la
conclusión de que las convicciones políticas
pueden afectar, y afectan, lo que deberían ser
estudios de una estricta objetividad.
Tras el colapso del sistema comunista mundial,
criticar la ``explotación'' del proletariado o
las inversiones en el tercer mundo (imperialsmo)
se volvió anacrónico. En estas desesperadas
circunstancias (para la izquierda) fue ganando
importancia la tesis de que la gran producción
industrial (el capitalismo) estaba destruyendo
el planeta porque las emisiones de carbono
provocan un desastroso calentamiento global. Se
ignoraba, deliberadamente, lo normal que eran
los cambios climáticos y que entre 900 y 1300
d.C., había hecho tanto o más calor que ahora.
Por favor. Groenlandia era verde hace mil años
(el gro viene de green).
Mis lectores estarán de acuerdo en que,
cuando una tesis científica es aceptada, es
aceptada universalmente. Ese no es el caso
del calentamiento global. Yo simpatizo y
comparto la preocupación de los que critican a
las empresas que sólo atienden a rebajar sus
costos e ignoran la contaminación el medio
ambiente, lo que critico es que se pretenda
generalizar su ejemplo y convertirlo en un
argumento anticapitalista.
Desde sus mismos orígenes, el movimiento
ecologista ha encabezado causas desastrosas.
Ninguna peor que la campaña contra el DDT. El
DDT, por supuesto, ha sido uno de los productos
químicos más útiles e importantes jamás creados.
En 1948, Paul Hermann Muller recibió el premio
Nobel ``por su descubrimiento de la alta
eficacia del DDT''. El DDT fue fundamental para
la protección de los soldados americanos de las
epidemias de tifus y malaria durante la II
Guerra Mundial. Hay que recordar que, a través
de la historia, han sido las enfermedades y no
los combates la principal causa de muerte entre
los soldados. Como señalara el profesor J.
Gordon Edwards, de la Universidad estatal de San
José: ``Cientos de millones de personas han
muerto de malaria, fiebre amarilla, tifus,
dengue, plaga, encefalitis y muchas otras
enfermedades. En el siglo XIV la peste bubónica
(trasmitida por las pulgas) mató al 25 por
ciento de la población de Europa y dos tercios
de la población de las Islas Británicas. La
fiebre amarilla mató a milones antes de que se
supiera que era transmitida por un mosquito, el
aedes.
Pero ninguna enfermedad ha matado más gente
que la malaria, trasmitida por el mosquito
anopheles. Gracias al DDT, en 1959, en EEUU,
Europa, partes de la URSS, Chile, Cuba y otras
islas del Caribe prácticamente habían eliminado
la malaria. En la India, donde la malaria mataba
a 800,000 personas todos los años, las muertes
se habían reducido prácticamente a cero a
principios de los 60. Entre 1945 y 1965 el DDT
salvó decenas de millones de vidas. En 1970, la
Academia Nacional de Ciencias declaró que, en
poco más de 20 años, el DDT había evitado 500
millones de muertes debido a la malaria que, de
otra forma, hubieran sido inevitables''.
En 1962, sin embargo, en su libro Silent
Spring, Rachel Carson, una opositora de los
pesticidas, consiguió difundir la idea de los
perjudiciales efectos del DDT en la fauna, la
flora y, sobre todo, en los niños. ``Hace 25
años'', escribió, ``el cáncer en los niños era
considerado una rareza médica. Hoy, 12 por
ciento de todas las muertes de niños entre uno y
catorce años es ocasionada por el cáncer''.
Según Carson, la causa estaba en el uso
generalizado del DDT. Inmediatamente, los medios
de comunicación magnificaron el alarmismo. La
campaña del Sierra Club y otras organizaciones
consiguió que la Agencia de Protección Ambiental
(EPA), fundada en 1970, prohibiera el DDT en
1972. Su utilización mundial disminuyó
drásticamente puesto que Estados Unidos y la
Organización Mundial de la Salud dejaron de
apoyar financieramente su uso. En realidad, las
cifras de Carson carecían de significación. El
por ciento de niños que morían de cáncer estaba
subiendo porque las muertes por otras causas
infecciosas estaba disminuyendo radicalmente.
Finalmente, en 2006, la Organización Mundial de
la Salud anunció que volvería a respaldar el uso
del DDT. Las consecuencias de su prohibición han
sido trágicas. En 2002, el American Council on
Science and Health reportó que entre 300 y 500
millones de personas sufrían de malaria todos
los años, el 90 por ciento en Africa. Y la
mayoría de los que mueren son niños.
Tenemos que estar conscientes de que sobran
las razones, históricas y actuales, para tener
una actitud de vigilante escepticismo sobre las
alegaciones de los ambientalistas. El reciente
fraude entre los defensores del calentamiento
global sólo ha hecho confirmarlo.
www.neoliberalismo.com