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A los Editores del Wall Street Journal: Es evidente que el embargo de cuatro décadas a Cuba se ha convertido en un irrritante para muchos en los Estados Unidos (“Havana Club”, Oct. 27), pero la idea de alentar el comercio con Cuba está asimismo profundamente viciada. Recordemos que Castro, durante tres de esas cuatro décadas, gracias principalmente a subsidios soviéticos de decenas de miles de millones de dólares, pudo comprar lo que necesitara o deseara en casi todo el mundo. Ahora, además de los treinta mil millones de dólares que debe a Rusia, el régimen de Castro debe también alrededor de diez mil millones de dólares a varios países europeos y otras naciones. En otras palabras, la Cuba de Castro no ha estado desposeída económicamente. Ha estado económicamente consentida. El amplio contacto con el mundo exterior no ha hecho al régimen de Castro más humano; y mucho de ese contacto ha sido altamente frustrante a los cubanos en la isla que han estado luchando contra la tiranía. El afrocubano activista de derechos humanos, Dr. Oscar Elías Biscet, que está cumpliendo ahora condena de 25 años en una prisión cubana por sus protestas pacíficas contra Castro, ha dicho: “Si la comunidad internacional tratara a Cuba como una vez trató a Surafrica, nuestro país sería pronto libre”. Muchos en los Estados Unidos, y en otras partes, ven nuestro embargo como un esfuerzo fallido para derrocar a Castro; pero el embargo, al contrario, ha sido expresión del deseo norteamericano de evadir el confrontar a Castro. Ese impulso es una medida sana. Actualmente ciertos intereses económicos en este país quisieran echar abajo el embargo, porque están husmeando oportunidades en Cuba. Miembros del Congreso, especialmente de los estados agrícolas, están activos en la promoción de sus intereses. Estos norteamericanos realmente no piensan en derrocar a Castro – pero Castro, que es ahora nuestro más antiguo enemigo, sigue pensando en derrocarnos. ¿Suena eso improbable? Miremos lo que está pasando en América del Sur. Aparentemente, nuestros políticos –que dedican poco tiempo a pensar más allá de sus intereses inmediatos- no disciernen los efectos altamente dañinos que se han ocasionado a ese embrollado continente por cuatro décadas de subversión castrista. En verdad, la historia de las acciones de Castro en América del Sur muestra claramente que él ve el comercio entre Estados Unidos y Cuba como el caballo de Troya para su más querido sueño. Una apertura estadounidense a Cuba crearía senderos que Castro, y sus muchos amigos en la comunidad terrorista internacional, pudieran usar para causar colapsos masivos en los propios Estados Unidos. David
Landau* *Autor de “Kissinger: los usos del poder” y de dos libros sobre Cuba. Es asimismo director ejecutivo de la Coalición Cuba Nueva, (New Cuba Coalition), organización educacional no lucrativa, exenta de impuestos, radicada en el área metropolitana de Washington, D.C. |
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