Nuestras palabras de hoy están dedicadas a la conmemoración del 7 de
Diciembre. Estan dirigidas a todo el pueblo cubano, dentro y fuera de la patria,
pero especialmente a los bravos hombres y mujeres de los grupos disidentes e
independientes que, dentro de Cuba, son nuestros compañeros en la lucha por el
rescate de la libertad.
Hace unos días, el domingo 10 de Diciembre, se nos invitó a hablar en el
Hudson Hall de West New York, New Jersey, con motivo de ese día en que
recordamos a Maceo y a todos los que tanto nos dieron y a los que tanto debemos.
Por razones de tiempo, sólo ofreceremos la introducción y el epílogo de nuestra
intervención.
Antonio Maceo y Grajales, Lugarteniente General del Ejercito Libertador,
murió en combate en San Pedro, Punta Brava, provincia de La Habana, el 7 de
Diciembre de 1896. Por ser el más glorioso de nuestros guerreros, la República
decidió que, todos los años, el 7 de Diciembre fuese día en que se honrara no
sólo a él, sino también a los que en las guerras de independencia perdieron
sus vidas para que todos ganáramos una patria. Es en nosotros una fecha de
sentimientos multiples, con signos diversos:
Sentimos
dolor por aquellos que se sacrificaron,
orgullo porque fueron capaces de hacerlo,
frustración porque hemos perdido más de una vez la libertad que nos legaron,
y emoción y carga de obligaciones al pensar en ellos y a un siglo de distancia
decirles,
en comunicación anhelada e imposible:
"Gracias
por habernos dado una patria,
y ejemplo para saber amarla.Hemos tratado de copiar de vuestras vidas
la lucha por la dignidad humana y el repudio a la opresión.
En ese empeño
no nos ha sido ajeno el fragor del combate,
nos ha sido conocida la vecindad de la muerte,
hemos visto caer a nuestro lado los héroes;
sufrido persecución y cárcel;
junto a nosotros, inolvidable compañera
heroica, abnegada y bella,
la mujer cubana.
Como Vds.
hemos conocido la generosidad de cubanos cuando la patria ha necesitado de su
generosidad
se nos ha dado la amistad y el respeto de hombres y mujeres de otras tierras,
capaces de actuar con olvido de fronteras, intereses y egoismos.
Al igual que Vds.
hemos visto a los aprovechados obtener beneficios de las desventuras de la
patria,
en palabras de Martí, "hombres de garra y colmillo", "cuya única patria es el
oro";
conocemos de un exilio numeroso, militante y patriota,
tras el que se esconden algunos traidores a sueldo;
hemos oído a los menguados de espiritu pedir
que el destino de Cuba sea decidido por otras naciones y sus gobiernos.
Sabemos de hombres y mujeres de esta tierra de Washington, Jefferson y
Lincoln,
que, fieles a los mas nobles ideales, han alzado sus voces y extendido su mano
amiga para que los cubanos reconquisten la libertad y los beneficios que de
ella se pueden derivar.
No ignoramos que en esta misma nación generosa existen hombres
de codicia y ansias de lucro insaciables, de honorabilidad de vitrina,
que ayudan a mantener en el poder al tirano de Cuba,
o que mueven piezas para ejercer poderío económico sobre la isla cuando,
caída la opresión, el pueblo esté arruinado y exhausto.
Al igual que Vds.
conocemos la nobleza del español que, desafiando circunstancias y aberraciones
políticas,
denuncia y se opone a la tiranía oprobio de Cuba y vergüenza de nuestros
tiempos;
conocemos la vileza del español rapaz, bajuno y zafio, deshonra de su raza,
que visita a Cuba para medrar de la corrupción del tirano y satisfacer, obtuso,
hambres primarias.
Hemos comprobado la indiferencia de gobiernos latinoamericanos,
no la de sus pueblos,
ante la catástrofe de una opresión
que ha desangrado al pueblo de Cuba.
Como Vds.
luchamos por redimir de la servidumbre o prisión a los que,
rebelandose contra la tiranía, fueron sometidos por el terror y la fuerza
armada;
combatimos, como Vds., por borrar la ignominia de los que
aceptan o contribuyen a mantener el yugo sobre la cerviz del pueblo.
Al igual que Vds.
no cejamos en nuestros esfuerzos de lograr, para nuestra tierra,
un futuro en libertad, y hemos demostrado, muchas veces, que
no nos arredran las consecuencias que puedan derivarse de ese empeño.
Y como Vds.
sabemos que el pueblo cubano sabrá levantarse sobre las ruinas de la nación,
y erigirá su destino, que en las manos de todos será generoso."
Asi hablamos, en nuestros pensamientos, al Lugarteniente General Antonio
Maceo y Grajales y a sus compañeros de armas, que murieron para dejarnos en
herencia una república.
Y puesto que nos es dado, mentalmente, con la frente en alto, lanzar
miradas y palabras sobre el abismo del tiempo, es que, invitados por la
Coordinadora Internacional de Ex-prisioneros Políticos Cubanos, consideramos
un honor, y nos sentimos con autoridad, para evocar a los bravos mambises, y
verlos, y acompañarlos, por una hora, en nuestros corazones.
Hasta ahí la introducción a nuestro discurso. Durante una hora tratamos de
resumir la vida de Antonio Maceo, tan extraordinaria que es casi increíble. Y
terminamos nuestra intervención con estas palabras:
Hemos querido estar, en nuestros corazones, con los que hace un siglo
murieron al darnos una patria. Hemos sentido su calor, los hemos visto en sus
momentos de grandeza, y también cuando la fortuna parecía olvidarlos. No hay
en nosotros otra actitud posible que la de reverenciar sus hechos y memoria.
Hemos estado con ellos en el pasado. Ahora, las obligaciones no cumplidas
nos reclaman. El presente, brusco, retrocede ante el futuro imperioso y ávido
que pide nuestras manos, y una tarea, al precio que cueste. Tenemos que
regresar.
Una última mirada.
Es noche cerrada. En un lugar de la manigua percibimos leve claridad.
Notamos presencia de hombres.
Acerquémonos.
Sobre improvisadas tarimas, dos cadaveres, sus ropas ensangrentadas.
Cuatro velas de cera amarilla, renovadas con celo, encuadran y dan luz, en la
intemperie, a una improvisada cámara mortuoria donde durante horas los
ayudantes han hecho guardia de honor, mientras jefes, oficiales y soldados
desfilan ante los que allí yacen, tocando algunos, besando otros, en rito de
despedida, las manos y rostros inertes del Lugarteniente General y del joven
capitán que optó por morir a su lado.
Separémonos un poco, por respeto, de esos hombres, que allí asumen,
abrumados, el dolor de un pueblo, de su generación y de todas las generaciones
de cubanos que se sucederán en los siglos.
Ahora notamos más movimiento entre ellos. Levantan los cadáveres, los
atraviesan sobre las monturas, en caballos que han acercado. Otros empiezan a
montar sobre los suyos propios. Apagan las velas. Van a un sitio que sólo
conocerán algunos pocos, y será mantenido en secreto, para enterrar a los que
fueron sus compañeros de armas, que pertenecen desde entonces a un pueblo
agradecido y a la leyenda de los tiempos. Tardarán años hasta que, ya en la
República, se desentierren sus restos, y en exequias solemnes se les traslade
a su lugar de último descanso.
Alejémonos.
Y con ese epílogo terminamos hace unos días nuestras palabras honrando la
fecha del 7 de Diciembre.